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Antivirus 1: Amor

Dios nos creó por amor y nos redime por amor. Un amor que, poco a poco, nos va cambiando de nuevo a semejanza de Dios, pareciéndonos a Cristo.

“El amor es la base de la existencia, su esencia y su fin. Solamente por amor conseguimos conocernos a nosotros mismos,  así como comprender el mundo y la vida”. (Heribert Rau).

Y ahora, permanecen la fe, la esperanza y el amor,  estos tres; pero el mayor de ellos es el amor. (1 Cor 13:13)”.

De la nada, lo creó todo. Sabemos quién: Dios. Sabemos cuándo: al principio. Sabemos cómo: por la Palabra. Y sabemos el porqué: por Amor. Dios, desde el principio de los tiempos no ha tenido ningún reparo en decirnos que nos ama. Lo ha hecho por sus actos, por sus gestos y por sus expresiones.

Un amor que se palpa

El día en que planeó crear nuestro universo lo hizo con todo tipo de detalles de afecto y cariño. Un breve análisis de Génesis 1 nos lleva, como conclusión, a esta afirmación. Primero, vemos cómo Dios nos prepara un mundo luminoso porque da mucha alegría que una casa tenga luz y que se disfruten los colores con su variedad de matices. Y un mundo con oscuridad, donde la intimidad y el silencio nos permitan descansar apaciblemente. Un mundo con una distribución bien ordenada, donde cada cosa esté en su sitio, lo de arriba arriba y lo de abajo abajo. Un mundo con unas lámparas adecuadas para el tiempo de actividad y el tiempo de inactividad que, además, midan la existencia de forma periódica. Un mundo de mascotas de tanta variedad que nos permita, por imitación, ser supercreativos. Un mundo digno de ser contemplado y reflexionado. Lo dicho, vemos los detalles del amor de Dios en todo lo que nos rodea.

Pero llegó el pecado y los seres humanos decidieron desobedecer la instrucción de confinamiento (de todo lugar menos de los frutos del árbol prohibido) y se contagiaron de “daimonofilia” (querer ser como dioses). Y llegó la pandemia de más larga duración y mayor impacto de la historia de nuestro planeta. Todo se vino abajo, y el pecado campó por sus anchas.

Dios, sin embargo, no nos dejó solos porque nos amaba. Estableció un plan que implicaba mucho dolor pero que surgía de mucho aprecio. Porque nunca hemos de olvidar que el ser que más nos quiere en el universo es Dios. Aunque le ignoremos, le rechacemos o le odiemos (y sabe que esto son síntomas de la daimonofilia) siempre estará ahí con los brazos extendidos. Esa comprensión hizo que el salmista exclamara ese amor con intensidad en el salmo 136 (TLA) y que yo lo actualice con algún versículo añadido:

Alabemos a Dios, porque él es bueno!
¡Dios nunca deja de amarnos!
Alabemos al Dios de dioses.
¡Dios nunca deja de amarnos!
Alabemos al Señor de señores.
¡Dios nunca deja de amarnos!
Sólo Dios hace grandes maravillas.
¡Dios nunca deja de amarnos!
Dios hizo los cielos con sabiduría.
¡Dios nunca deja de amarnos!
Extendió la tierra sobre el agua.
¡Dios nunca deja de amarnos!
Hizo los astros luminosos.
¡Dios nunca deja de amarnos!
Hizo el sol, para alumbrar el día.
¡Dios nunca deja de amarnos!
Hizo la luna y las estrellas,
para alumbrar la noche…

[Nos acompañó en tiempos de pandemia,
de catástrofes por calentamiento global,
de dramas familiares,
de violencia social,
de migraciones forzosas,
de economías fallidas,
de crisis religiosas.

Dios no se olvidó de nosotros
cuando nos vio derrotados.
¡Dios nunca deja de amarnos!
Nos libró de nuestros enemigos.
¡Dios nunca deja de amarnos!

 Alimenta a toda su creación.
¡Dios nunca deja de amarnos!

 ¡Alabemos al Dios del cielo!
¡Dios nunca deja de amarnos!

No repite “¡Dios nunca deja de amarnos!” porque sí. Lo repite porque necesitamos vacunarnos contra la incomprensión en la que nos ha inmerso esta fatídica enfermedad que nos asola. Y porque es verdad, nos ama constantemente.

Un amor que transforma

Una de las maravillas del amor divino es que tiene la facultad de cambiar las cosas, de cambiarnos a nosotros. Cambia orgullo por humildad. Egoísmo por generosidad. Odio por benignidad. Rechazo por comprensión. Confusión por proyección. Violencia por amabilidad. Pecado por oportunidad. Y este último cambio tiene un solo protagonista: Jesús. Nosotros solo ponemos el brazo para recibir la vacuna. Él puso su vida para que tuviéramos la solución. Así lo registra Pablo:

Desde antes de crear el mundo Dios nos eligió, por medio de Cristo, para que fuéramos sólo de él y viviéramos sin pecado. Dios nos amó tanto que decidió enviar a Jesucristo para adoptarnos como hijos suyos, pues así había pensado hacerlo desde un principio.  Dios hizo todo eso para que lo alabemos por su grande y maravilloso amor. Gracias a su amor, nos dio la salvación por medio de su amado Hijo.  Por la muerte de Cristo en la cruz, Dios perdonó nuestros pecados y nos liberó de toda culpa. Esto lo hizo por su inmenso amor. (Ef 1:4-8, TLA).

Nos creó por amor y nos redime por amor. Un amor que, poco a poco, nos va cambiando de nuevo a semejanza de Dios, pareciéndonos a Cristo. El mismo Pablo afirmará que hemos de avanzar en la Verdad que es Jesús para que nos parezcamos cada día más a Él (Ef 4:15). Y en ese recuperarnos de la daimonofilia observaremos que, por el amor de Cristo en nosotros, consolaremos a otros que padecen la enfermedad, que seremos compasivos porque comprenderemos con el Espíritu adecuado, que consensuaremos en lo realmente importante, que no haremos las cosas por orgullo ni con disputa, que seremos humildes y desprendidos. Vamos, que tendremos el mismo pensar y sentir de Jesús (Fil 2:1-5).

El inmenso amor divino genera, de forma salvífica y sanadora, una inmensa transformación en nuestras vidas.

Un amor que da esperanza

Muchos viven tiempos de preocupación y de expectativas inciertas. Nosotros no. Sabíamos que, tarde o temprano, iban a llegar momentos como este. Nos lo advirtió Jesús (Mt 24) de manera que no nos ha pillado de sorpresa. Pero con la profecía vino la esperanza porque este es un tiempo pasajero que concluye en una gran victoria. Pedro, aludiendo al salmo 136, afirma: “Alabemos al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha hecho nacer de nuevo, y nos ha dado una vida con esperanza. Esto lo ha hecho Dios por su gran amor hacia nosotros y por el poder que mostró cuando resucitó a Jesucristo de entre los muertos” (1 Ped 1:3). Él superó la muerte y nosotros superaremos cualquier dificultad porque no nos ha abandonado nunca ni nos abandonará jamás.

Es necesario volver a reflexionar sobre las palabras de Ellen G. White:

El hecho de que el unigénito Hijo de Dios dio su vida a causa de la transgresión del hombre para satisfacer la justicia y vindicar el honor de la ley de Dios, debiera mantenerse constantemente ante la mente de niños y jóvenes. El objeto de este gran sacrificio debiera asimismo mantenerse ante ellos, porque fue hecho para levantar al hombre caído y degradado por el pecado. Cristo sufrió para que mediante la fe en él nuestros pecados fuesen perdonados. Vino a ser el sustituto y la seguridad del hombre, tomando sobre sí el castigo que no merecía, para que nosotros que lo merecíamos pudiésemos ser libertados y volver a la lealtad hacia Dios en virtud de los méritos de un Salvador crucificado y resucitado. El es nuestra única esperanza de salvación. En virtud de su sacrificio, los que ahora somos probados, somos prisioneros de esperanza. Hemos de revelar al universo—al mundo caído y a los mundos no caídos—que en Dios hay perdón y que mediante su amor podemos ser reconciliados con él. El hombre que se arrepiente, que experimenta contrición de corazón, que cree en Cristo como sacrificio expiatorio, llega a comprender que Dios se ha reconciliado con él. (Ellen G. White, La educación cristiana , 57).

Y recordar que nuestras palabras deben ser de ánimo y esperanza porque amamos a los demás tal y como Dios nos ama.

Todos tenemos pruebas, aflicciones duras que sobrellevar y fuertes tentaciones que resistir. Pero no las contéis a los mortales, sino llevadlo todo a Dios, en oración. Tengamos por regla el no proferir una sola palabra de duda o desaliento. Podemos hacer mucho más para alumbrar el camino de los demás y sostener sus esfuerzos si hablamos palabras de esperanza y buen ánimo. (Ellen G. White, El camino a Cristo, 119).

Por eso, hoy afirmo que van a pasar estos días de aferrarse a la fe porque veremos a Jesús cara a cara (Ap 22:4). Afirmo que dejaremos de necesitar la esperanza porque viviremos en un mundo nuevo donde todo será perfecto y realizado (Ap 21:1). Y, finalmente, afirmo que el deseo de Dios de amarnos nunca cesará (Ap 22:21). Ahora, te sugiero que mires al cielo y exclames: “Gracias, Señor, porque nunca dejas de amarnos”.

Autor: Víctor Armenteros, responsable de los departamentos de Educación y Gestión Cristiana de la Vida de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en España.

 

Fuente: https://revista.adventista.es/antivirus-1-amor/.

 


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